Guerra. Historias de Ucrania

Los ucranianos cuentan cómo viven durante la guerra

“Cada viaje puede ser un viaje sin retrorno. Pero tengo cáncer – de todos modos me voy a morir», Oleksandr Drimanov, 46 años, Kryvyi Rih

por | 18 marzo 2022 | Guerra. Historias de Ucrania, Kryvyi Rih

 

Illustrated by Liubov Miau 

Oleksandr Drimanov, de 46 años, es de Kryvyi Rih. Él tenía todas las razones formales para no participar en la guerra que Rusia ha iniciado contra Ucrania. Hace dos años le diagnosticaron cáncer de pulmón y desde entonces ha pasado por 40 sesiones de quimioterapia  y ni en el ejército ni en la defensa territorial los médicos no le dieron el visto bueno para al servicio. Además, el hombre tiene un hijo de 12 años. 

«Me invitaron a cavar trincheras: cavo dos veces y me caigo con la pala en manos. Pensé que sería más fácil hacer cócteles Molotov, mas allí hay vapores que me provocan tos y me sofoco. Me han echado».

Finalmente vi un anuncio de que los voluntarios necesitaban un chofer. Antes de la enfermedad, Oleksandr conducía un minibús, luego fue camionero. Así que se ofreció. Se le explicó que había que llevar la ayuda humanitaria a los militares estacionados cerca de una ciudad ocupada en el sur de Ucrania. 

«Una voluntaria me preguntó si entendía que esto podría ser un viaje sin retorno. Le dije que sí, porque no tenía nada que perder. Es que tengo cáncer, de todos modos me voy a morir, – recuerda Oleksandr. «Claro, que la voluntaria  lloró».

El hombre cargó la medicina en su viejo auto rojo. Por si no regresaba, pidió que los vecinos cuidaran a su hijo. Y partió. 

Cuando pasó los primeros puestos de control, se dio cuenta de que no habría escolta, ni canal verde, ni comunicación. Más allá del último puesto de control ucraniano hay una carretera vacía cubierta de nieve.

«Uno conduce y se calma: ¡qué belleza! Y entiende qué duro es todo«, – dice Oleksandr. Pero ni pensé en darme la vuelta. Llegué a la encrucijada y había que escoger si iba a través del pueblo o por el  desvío. Fui  por el desvío. Encontré una gasolinera: los autos estaban parados, la gente tomando café, no había militares. Seguí adelante.

A un kilómetro y medio de distancia, tres hombres con uniformes de campo rusos saltaron a mi encuentro y comenzaron a disparar. Entonces Oleksandr giró bruscamente y regresó a toda marcha. «Ahora cuando lo repaso en mi cabeza, pienso que si hubieran querido matarme, lo habrían hecho. Y así sólo me dejaron claro que no se podía ir más allá

Solo después de regresar a la gasolinera vi las señas de balazos en otros autos. Los hombres sentados allí resultaron ser cazadores locales: aseguraban la defensa y poco a poco robaban el equipamiento ruso.

Finalmente, Oleksandr llegó a su destino y entregó la valiosa carga. Empezó a tartamudear un poco por el estrés. Pero siguió llevando la ayuda humanitaria a los militares. 

«¿Y si estuvieras en mi lugar? Si vinieran a tu casa con armas, si te pudieran matar, robar, humillar, – dice Oleksandr. – Mi hijo no quiere dejarme ir. Trato de irme mientras él todavía está durmiendo. Tengo miedo por él, es lo que temo«.

Después de la guerra, Olesandr sueña con recuperarse, volver al trabajo, recaudar dinero para comprar un auto nuevo y no depender de nadie. Ahora recibe 1.934 hryvnias (alrededor de $65) al mes como asistencia por el segundo grupo de discapacidad. Poco a poco trabaja para tener ganancias suplementarias. Sus prójimos le ayudan a conseguir la terapia.

«Creo que vamos a vencer. Aunque estés enfermo, tuerto y torcido, al menos debes ofrecer algo de ayuda. No se puede permanecer escondido», – dice Oleksandr.

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