Guerra. Historias de Ucrania

Los ucranianos cuentan cómo viven durante la guerra

«En Mariupol, ya no te sorprendes cuando mueren tus vecinos o amigos, no apartas la vista de los cadáveres», Alevtina Shevtsova, 32 años, Mariúpol

por | 21 marzo 2022 | Mariupol

Alevtina logró salir del infierno, de Mariupol. Nació y creció en esa ciudad, trabajó como presentadora de un programa matutino y solía despertar a la ciudad con las palabras: «¡Mariupol, buenos días!». Más tarde fundó su propio proyecto de televisión «Un lugar de fuerza», porque siempre percibió la ciudad como algo más que un hogar, era su fortaleza.

Alevtina y su familia pasaron 21 días en la sitiada Mariupol. El 16 de marzo fue evacuada de Mariupol y ahora sueña con ella: las calles floridas por donde pasean sus amigos. En realidad, algunos amigos y vecinos ya han muerto, sus cuerpos simplemente yacen en las calles destrozadas y más del 80% de los edificios están destruidos.

El primer día de la guerra, Alevtina y su familia se encontraron en las afueras de Mariupol donde ella y sus padres celebraban el cumpleaños de su hermano de 12 años. Era allí donde vivieron hasta el 8 de marzo, cuando la situación se volvió crítica. Las explosiones ya destruían los edificios situados muy cerca, por lo que la familia decidió trasladarse al departamento en la zona céntrica. Caminaron 7 kilómetros bajo bombardeos. 

Cuando salíamos, estaban bombardeando [aquel] barrio. Cerca del edificio vecino vimos un cadáver. Junto a él había una muchacha herida que pedía ayuda,  que dijéramos a alguien que ella estaba allí. Que alguien viniera en el coche a buscarla. No teníamos coche. Solo íbamos los seis caminando con dos niños”, recuerda Alevtina.

Cuando la familia llegó al centro, se sintieron a salvo por un corto tiempo. El jefe del OSBB local (sociedad de los copropietarios del condominio – nota del traductor) instaló una cocina de campo en la calle. Los vecinos se reunían y cocinaban en la hoguera, ayudándose unos a otros. No había luz, ni agua, ni comida, ni comunicación desde hacía muchos días. El refugio antibombas debajo del edificio estaba repleto, pero para la familia de Alevtina abrieron el sótano de una tienda cercana: allí, en una despensa subterránea, vivían los nueve con sus hijos, padres y una abuela anciana.

Todos los días Alevtina iba al teatro local. La gente se reunía allí y discutía cómo salir de la ciudad sin su propio coche, esperando los autobuses de evacuación y los «corredores verdes». Sin embargo, no hubo noticias consoladoras. El 16 de marzo fue el punto de no retorno.

Aquel día los vecinos se reunieron cerca del edificio para preparar la comida. Como no había electricidad, cocinaban así: hacían una hoguera cerca del edificio. Traían lo que tenían. Era una especie de sopa: mucha agua, tres paratas y un puñado de sémola de trigo.

Alevtina y su familia subieron al apartamento a buscar platos, y en aquel momento oyeron una explosión. El techo sobre sus cabezas comenzó a resquebrajarse.

“Mi esposo y yo salimos y vimos que una bomba había caído junto a nuestra entrada, donde la gente había encendido el fuego. Se formó un embudo de unos 4 metros de profundidad. Y todo frente a la entrada se convirtió en un revoltijo de tierra y partes de cuerpos sobresaliendo de debajo de los ripios. Comenzaron a excavar y sacar a la gente. Primero sacaron dos cuerpos: de los vecinos Halia y Vania. Los cubrieron con una manta y colocaron frente a la entrada”. 

No se pudo seguir excavando los cuerpos porque los bombardeos solo se intensificaron. La familia decidió abandonar la ciudad de inmediato bajo su propio riesgo.

«El edificio quedó muy dañado. Era evidente que el siguiente proyectil convertiría el sótano donde nos escondíamos en una fosa común”, – recuerda Alevtina.

A los padres les era difícil caminar, por lo que ellos y el hermano se quedaron en el sótano, mientras los demás miembros de la familia se fueron a pie, bajo fuego, hasta el pueblo más cercano. Caminaron durante casi 24 horas, hasta que llegaron a casa de unos conocidos en un pueblo cerca de la ciudad.

Alevtina lloraba todo el tiempo. Sabía que, si no regresaba con sus padres ahora, probablemente nunca los volvería a ver vivos. Persuadió a un conocido que regresara su coche con ella al centro de la ciudad y recogiera a los familiares. Durante este tiempo, la situación empeoró aún más: el pavimento cerca de la casa ya había sido destruido y el mismo edificio estaba dañado.

Cuando llegaron al patio del edificio vecino, Alevtina corrió hacia el sótano donde se escondía la familia. Todos estaban vivos, pero muy asustados. El hermano estaba comiendo el último puñado de avena pelada. Cuando estaban subiendo juntos al coche, un proyectil explotó a 30 metros de ellos. La ventana trasera del coche se rompió. Quedaron aturdidos, pero pudieron arrancar y abandonar la ciudad. Los proyectiles explotaban constantemente cerca de ellos. En el pueblo se le ayudó a la familia a partir hacia Zaporizhia, y allí se subieron a un tren de evacuación.

A través de todos los puntos de control rusos Alevtina llevó consigo la bandera ucraniana. Ella cree que algún día regresará para reconstruir su ciudad favorita.

«Quiero gritarle al mundo entero de lo que está pasando en Mariúpol. Entiendo que las personas que no han estado allí simplemente no pueden imaginar el infierno que hay allí. Esto simplemente no puede suceder en el siglo XXI. Lo peor es que allí uno deja de tener miedo a la muerte. No le sorprende cuando mueren sus vecinos o amigos, no evita mirar a los cadáveres. 

Quiero gritar: «Salven a mi Mariupol. Salven mi alma. Salven miles de vidas». Y aunque estoy agradecida a todos quienes acudieron en ayuda de nuestra familia, a todos los que nos reciben y nos apoyan, no sé si alguien escucha y comprende mi clamor”. 

Anotado: 21 de marzo de 2022.

Traducción: Oleksiy Pelypenko

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